Bienvenidos a mi blog

¡Escribir! Quién no ha deseado alguna vez escribir un libro, jugar con las palabras, combinarlas para que reflejen nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras emociones. Dominar el lenguaje, conocer sus entresijos es una ardua tarea. y luego crear, añadir algo nuevo a lo que ya existe, sorprender al que nos lee es aún más difícil. Pero además hay que transmitir algo que afecte al lector, que no le deje indiferente, que pueda incorporarlo al acerbo de ideas e imágenes al que recurrimos para comunicarnos, para comprender el mundo. Todo esto es escribir y mucho más.


martes, 4 de mayo de 2010

EL AMOR

Hace tiempo escuché una cita de Colombine, escritora olvidada, que tras sus avatares sentimentales con Ramón Gómez de la Serna, sentenció:
"El amor es la más hermosa de las mentiras".
Y en general salvo excepciones estoy de acuerdo.

Me he enamorado apasionadamente bastantes veces en mi vida y era tal la desazón que me embargaba que me dediqué a analizar lo más objetivamente posible la naturaleza de este sentimiento llegando a la siguiente conclusión:
Existen tres formas distintas de sentimientos a las que aplicamos la palabra amor:
-- el amor sexual entre hombre y mujer. Son dos las causas que lo motivan: la actividad hormonal y secretos anhelos, frustraciones subconscientes que hacen que nos enamoremos de una persona y no de otra.
-- el amor de padres a hijos. Creo que es un sentimiento totalmente instintivo. En mi experiencia de madre de cuatro hijos puedo decir que antes de saber que estaba embarazada mi cuerpo ya reaccionaba, sin yo quererlo, para proteger al nuevo ser que llegaba al mundo.
-- el amor como concepto religioso, ético, filosófico cuyo sentido es sustentar el entramado social en su conjunto. Su expresión más sublime, creo hasta ahora no superada, se encuentra en la doctrina de Jesús, resumida en el Sermón de la Montaña (Bienaventuranzas), en la idea de perdón y en el de martirio ( dar la vida por nuestros semejantes y ( más tarde) el género humano).
Y en cuanto a la literatura me gusta especialmente " Orgullo y prejuicio" de Jane Austen, sólo recomendable para mujeres con alma adolescente. Aunque está llena de tópicos románticos, te hace pensar en porqué nos enamoramos de la persona menos indicada.
Y para hombres, en el polo opuesto, está "Lolita" de Vladimir Nabokov, para mí , obra maestra ( especialmente la primera mitad) de la técnidca literaria que consiste en insinuar cosas sin decirlas explícitamente en ningún momento.

domingo, 2 de mayo de 2010

NOSTALGIA

Nada me resulta tan penoso como el paso del tiempo, por eso he escrito algo que intenta ser un poema aunque sin rima (porque no se hacerla).

NOSTALGIA
Lugares, calles, recuerdos que viví en otros años
nada de lo que fue volverá a ser
detener el tiempo ¿ Quién pudiera?
. . . .. . .. . .. .. . . .. . .
¡Tiempo detente!¡ Que este momento sea eterno!
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fantasmas que golpeáis mi mente
con finas espinas horadáis mi corazón
salid de mí, no puedo mirar al porvenir
acaso ¿ Cualquier tiempo pasado fue mejor?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Tiempo detente!¡ Que este momento sea eterno!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Encrucijadas, varios caminos, elegir uno y no otro
siempre eligiendo, un paso adelante y uno más y otro y otro.
Destino, conjura al tiempo, déjame volver sobre mis pasos,
. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . ..
¡Tiempo detente! ¡ Que este momento sea eterno!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Os envidio, amapolas, margaritas que crecéis al borde del camino
en derredor vuestro todo ha cambiado , sin embargo,
vosotras permanecéis iguales año tras año
en un eterno retorno sin tiempo, pero ¿y nosotros los hombres?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Tiempo detente!¡ Que este momento sea eterno!
. ... . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . .
Mi tiempo es lineal, no puedo repetirlo, no puedo volver sobre él.
¡Horror!¡ Como todos mis fantasmas se acerca a la nada!

domingo, 14 de marzo de 2010

LO QUE NUNCA PROBÉ
Hay algo que me hubiera gustado hacer, lo intenté pero fui incapaz de conseguirlo: deslizarme esquiando por una gran pendiente nevada.
Con diecinueve años quise intrincarme en los vericuetos de la montaña, sortear sus peligros ágil como una gacela, vencerla. ¡ Cómo envidiaba a los esquiadores expertos que veía lanzarse por la "Bola del mundo" sin miedo, dibujando las " s " a velocidad de vértigo, a la vez que esquivaban multitud de esquiadores que encontraban a su paso; intentaba bajar por pequeñas pendientes sin apenas desnivel pero el pánico y la torpeza hacían todos mis esfuerzos casi inútiles. El menor atisbo de pequeño barranco me paralizaba ,y si ya me costaba mantener el equilibrio, el pavor que me producía acercarme a la más suave hondonada me empujaba al suelo. Y así una y otra vez. Ese vértigo de velocidad no podría sentirlo nunca.
Ya con muchos más años, marido y cuatro hijos, animados por un nuevo amigo que adoraba esquiar y la montaña volví a intentarlo. Esta vez las montañas eran mucho más altas e imponentes. Descubrí Austria y la belleza de sus paisajes, el intenso frío de 20º bajo cero, las tormentas de nieve, la inmensa paz que impregna el ambiente en los días apacibles. Sólo logré lanzarme por las pistas más fáciles y sin mucha soltura. Las negras , las más difíciles eran un misterio insondable para mí. Nuestro experto amigo y mis hijas se aventuraban en ellas: casi una hora de descenso, de lucha contra el hielo, contra pendientes de vértigo, contra el intenso frío. De vuelta ya en la base sus caras mostraban cansancio pero a la vez satisfacción de haber vencido a la montaña.
Me embelesaba mirarando las cumbres, sentía hacia ellas una atracción inexplicable. Cuando estás allí, no te quieres ir, me hubiera quedado allí para siempre. ¡ lo que hubiera dado por saber esquiar y poder subir hacia ellas!

domingo, 28 de febrero de 2010

EL DUELO
Triste es el duelo, pero más triste es el duelo aún, si no tienes un duelo triste al morir.
Me pregunto ¿ Qué has hecho mal para acabar así? Tus hijos no se entendieron ni para celebrar un funeral en tu recuerdo.
Sea el pastel grande o pequeño arrancamos todo lo que podemos de la mesa común para nosotros y nuestros hijos, sin orden, sin concierto, sin equidad, sin considerar los derechos de los otros, sin importarnos que los afectos se desmoronen, como animales de presa,y luego la vida nos devuelve la jugada.
Pero voy a evocar ahora en tu memoria los buenos momentos, cuando todavía las cuitas entre unos y otros no eran importantes, o mejor, eran los lazos que la madre enredaba entre los hermanos los que conjuraban enemistades y desavenencias.
Recuerdo las veladas del domingo en casa de la abuela, las charlas infantiles, vanidosas en que comparábais a vuestros hijos: quien era el más guapo, el más listo, el más gracioso, el más simpático, el que tenía mejores notas.
Recuerdo cuando como domingueros con coche recién estrenado, ansiosos de naturaleza, salía el clan familiar a pasar la jornada festiva al río Alberche, a la Casa Campo, al pantano de San Juan.
Recuerdo los dichosos, dichosísimos días que pasé en tu casa durante la enfermedad de mi madre, los tiempos de Serco, de Emily, de la broma de Lavado, el contable, el día de los inocentes: comisaría de Vallecas. Su perro detenido por organizar trifulcas en el barrio, morder a cinco vecinos y desacato a la autoridad y te lo creíste, y fuiste deseperado a rescatar al perro y en la comisaría se reirían un buen rato.
Recuerdo los lunes en la oficina cuando todos los cazadores fanfarroneabais comentando los avatares del domingo en "Los Yébenes".
Ya no estás con nosotros. Mi padre, tu hermano, siente tu ausencia. Vanidades, hijos, nueras y crisis se confabularon. Te sentías un estorbo. Descansa en paz.

jueves, 18 de febrero de 2010

INFANCIA

Dice Jesús en el Evangelio: "el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él."
La infancia es tiempo de inocencia, de juegos de preguntas sin fin. El pensamiento del niño no tiene prejuicios, su amistad es pura, sincera, sin egoísmos; su corazón aún está limpio, es dúctil, frágil, indefenso, esponja de vivencias y experiencias, de todo lo bueno y de todo lo malo; el mundo del niño no es el real, sino el que imagina, el que quiere habitar, y puede hacerlo, deshacerlo y volverlo a hacer cuantas veces quiera.
Serás más feliz cuanto mayor sea la inocencia infantil que conserves.

domingo, 14 de febrero de 2010

MIS MEMORIAS

Las fronteras entre una etapa y otra de mi vida coinciden con las mudanzas. El momento del cambio llegaba porque tenía que llegar, porque todos los sucesos que en cada casa acontecieron, enlazados unos con otros, se habían confabulado hasta alcanzar el desenlace final. Y, entonces, muchas cosas cambiaban: una nueva casa, el entorno que me rodeaba, mis costumbres, mis amigos, la forma de percibir las cosas, la visión que de ellas tenía, la nostalgia por lo dejado atrás, el esfuerzo de adaptarme a lo nuevo. Nueve mudanzas he sufrido y en nueve tramos voy a repartir mis recuerdos.

María Isabel, Maribel, Mabel

Desde muy pequeña estuve interesada en saber cual era la procedencia de mis ancestros, por eso me repetía a mí misma, y a veces a los demás, que me llamaba María Isabel Puebla Guerra Vicente García Arrúe González, añadiendo a mi nombre todos los apellidos de mis abuelos, y si los hubiera sabido, de mis bisabuelos y tatarabuelos.
Mis abuelos paternos se llamaban Ambrosio y Teodora, dos nombres de los que ya no se estilan, ni tampoco entonces. Teodora traía a mi imaginación imágenes de emperatrices, reinas o como poco damas de antaño. Poco o nada tenía de ello: era una primorosa modista. Cosiendo se ganaron la vida, su madre Carmen, su hermana Julia y ella. Sus nueras--mi tía Susi y mi madre--, las amigas de sus hijos y todo el que la conocía, no perdían ocasión de alabar las obras de arte que salieron de sus manos; manos que además eran bellísimas, delgadas, parecían modeladas por tantas horas de flexiones y baile de agujas: dedos larguísimos, uñas estrechas , alargadas y perfectamente esculpidas, sin coqueterías, cortadas a ras del dedo; sus gestos eran delicados y como acostumbradas al tacto de telas y cuerpos, empeñadas en ajustar perfectamente unos y otros durante interminables pruebas.
Ambrosio, mi abuelo, murió cuando yo apenas tenía dos años, por lo que mi vínculo con él se limitaba a un nombre, que se me antojaba pertenecería a un señor de mediana estatura, enjuto, serio aunque bonachón, y con algo de cura. Pero esta idea se desdibujaba por las interferencias de evocaciones y añoranzas de los que le conocieron: el abuelo fue un bala. Líos de faldas, que se supieran, tuvo unos cuantos, pero según mi madre, la abuela Teodora todo lo tapaba. Era chistoso, afable, divertido y algo vividor. Después de la guerra se instalaron en el Paseo Extremadura, en un aserradero de maderas con casita aledaña, un negocio que compartía con sus hermanos, los tíos de mi padre. Tenía él con ellos una relación muy afectuosa y por las aventuras que refería, puedo calificarles como los “jaimitos” de los chistes.
Un pequeño patio que había entre la casita y el aserradero se convirtió en lugar de reunión de los amigos del barrio. Allí, los domingos, con un “ picú” organizaban un baile donde comenzó a fraguarse mi existencia. Entre tanta chiquillería adolescente no faltaron algunas picias y travesuras que los abuelos soportaban estoicamente, felices de tenerles allí.
Los padres de mi madre se llamaban Juan y Angelita y sus vidas estuvieron marcadas por la guerra—y digo guerra y no guerra civil porque “la guerra” le llamaban ellos. Eran naturales de un pequeño pueblo de Toledo y según mi madre mi abuelo era” muy negociante”. Imagino debía comprar a los labradores del pueblo productos del campo, vino, trigo, harina, higos. . ., que luego revendía en Madrid, con lo que hizo algún dinerillo que le permitió instalar una taberna-casa comidas( que aún existe) en Argüelles. Vivían en Madrid durante la guerra cuando una bomba, destruyó su casa teniendo que sacar a mi madre de entre los escombros, por lo que deciden refugiarse en Meco. Del frente contaba mi abuelo, que lo peor no fueron las balas sino el hambre; eran tan escasos los víveres que llegaron a alimentarse de las hierbas del campo. Tras la guerra la familia se refugió, en el pueblo, en casa de una hermana de mi abuelo que les dio cobijo y alimento. Poco después, consiguió hacerse con una carbonería y comprar un piso en el corazón de Lavapiés, en la calle Zurita, y la familia regresó a Madrid.

Dos mundos opuestos se entrelazaron en mi vida y hube de armonizarlos no sin desasosiego: el del Paseo Extremadura, en un nuevo piso que a mí, entonces, me parecía lujosísimo (ahora he comprobado que lo idealizaba): cinco habitaciones espaciosas, decoradas con muebles de estilo clásico, un cuarto de baño enorme con amplia bañera y bidet, calefacción central, ascensor. . . .y el de la calle Zurita, al que se subía a través de tres pisos de escaleras de madera desgatada y chirriante; el interior estaba dividido en tres pequeñas piezas, alguna de ellas sin ventana y sin más calor que el de los braseros; el inodoro desangelado y viejo se hallaba fuera de la vivienda al otro lado de un largo corredor.
El mundillo de las hermanas de mi padre me fascinaba eran, urbanas , despreocupadas, vestidas a la última con trajes confeccionados por su madre y su tía; lo mismo iban a la piscina, que subían a la sierra a esquiar, que se sacaban el carné de conducir, cosas ahora habituales pero que entonces sólo estaban al alcance de unas pocas mujeres audaces y con cierto poder adquisitivo. Mi tía Carmen y una amiga que vivía en el piso de abajo alternaban con soltura. No era alta pero sí muy guapa, decían que guapísima, pero su mejor cualidad era su carácter, simpática, jovial, sin dobleces, siempre de buen humor, cuando venía a comer a mi casa para mí era una fiesta.
Con mi abuela Angelita mis conversaciones eran sobre “ la guerra”,: las carreras hacia el metro en Madrid o hacia los refugios en Meco a la llamada de las sirenas, como veían caer las bombas sobre Alcalá de Henares dónde había una base aérea y muchas otras historias y vivencias que me afectaron profundamente, tanto que soñaba a menudo estar atrapada en una batalla.
Solía visitarnos mi abuelo Juan casi todas las mañanas de domingo. Sentada en las rodillas de mi padre, escuchaba su conversación sobre el campo o el futuro de las carbonerías cada vez más incierto con la llegada del gas butano, mientras, disfrutaba de la bolsa de bombones que nos traía. Su charla era pausada y de vez en cuando me hacía gracietas llamándome por mi nombre completo, María Isabel, cuando nadie lo hacía así. No dejaba de preguntarme porqué sus hijas le llamaban “ padre” y de Vd.
Durante los primeros años de mi vida viví una relación muy intensa con todos mis abuelos, tías, tíos y primos. Me costó desprenderme del abrigo de los lazos familiares porque a todos los quería mucho, pero sentía que si no lo hacía no podía entrar en la vida adulta y casi sin darnos cuenta, nos fuimos alejando unos de otros a la búsqueda de nuestro particular destino.

¿Queréis saber el porqué del título? Porque me llamaban de tres formas diferentes: mi abuelo Juan, María Isabel, mis tías y mi padre Maribel y mi madre, no se bien por qué razón, insistía en que tenían que llamarme Mabel, nombre que yo detestaba, pero entonces no fui capaz de oponerme a sus deseos. Y ahora ya no se como me llamo.